• Hace un par de semanas viajaba a Uruguay para hacer un trámite personal.

    Puedo decir que era un viaje de emergencia sin emergencia.

    El buque salía a las 8:30 hs y yo llegué a las 7:50 hs. Como siempre, a las corridas. Por suerte, pasar por Migraciones fue rápido y, en medio del retraso, ya no estaba tan retrasado, al punto de que me dio tiempo de comprar un café antes de abordar.

    En la fila para comprar el café conocí a María y a Miguel, una pareja de abuelitos de aproximadamente 70 años.

    Los sentí nerviosos. A Miguel no le funcionaba la aplicación de Mercado Pago y yo les hice el favor de pagar el café. El trato era que, cuando pudiera iniciar sesión, me devolvería el dinero.

    Muy agradecidos por el gesto, empezaron a hablar conmigo y, en medio de esa charla, surgió el tema de que era la primera vez que salían del país. Viajaban a Colonia para pasar un Full Day y después irían a Montevideo a pasar un par de días más.

    María hablaba del miedo que le daba subir al buque y Miguel seguía preocupado porque no les funcionaba la aplicación de Mercado Pago.

    María hablaba de la ilusión que le generaba este viaje porque siempre habían trabajado mucho para sacar adelante a su familia y nunca habían tenido la oportunidad de regalarse un momento para ellos.

    Mientras tanto, Miguel seguía preocupado, intentando iniciar sesión en la aplicación.

    María me contó su vida.

    Me dijo que era de Bolivia y que se vino muy chica con sus padres. Su mamá trabajaba como empleada doméstica y su papá en una empresa de construcción. Ella se encargaba de cuidar a sus hermanos.

    Me dijo que su infancia fue muy rara, pero que al mismo tiempo estuvo llena de amor.

    Que sus padres siempre le enseñaron el valor del trabajo y también el valor del amor.

    A los 16 años conoció a Miguel en una fiesta de la colectividad boliviana y, desde ese momento, empezó a escribir su historia de amor con él.

    Se casaron a los 18 años y fue entonces cuando comenzaron a construir la vida que soñaban.

    Tengo que hacer un paréntesis acá.

    María hablaba del amor que sentía por Miguel como si llevaran apenas dos meses de novios.

    Yo la escuchaba con admiración y, al mismo tiempo, me preguntaba si ese amor todavía existe.

    Ese amor lindo.

    Ese amor de entrega verdadera.

    Ese amor de compañeros.

    María me decía que con Miguel vivieron de todo.

    Tienen cinco hijos y catorce nietos.

    Me contaba que atravesaron momentos económicamente difíciles, pero que ella estaba feliz por todo lo que hicieron y siguen haciendo por sus hijos.

    Acá la conversación escaló para mí, porque Miguel dijo:

    «MIS HIJOS SON EL FRUTO DE ESTE AMOR PURO Y VERDADERO.»

    María se dio cuenta de que se me habían llenado los ojos de lágrimas y me preguntó si estaba todo bien.

    Yo le conté que vengo de padres separados y que lo que había dicho Miguel me había conmovido un montón.

    María, en medio de todo su amor, me dijo que Dios me daría la dicha de construir mi familia en el núcleo del amor.

    Que Dios me iba a recompensar.

    Para cambiar de tema antes de ponerme a llorar, le pregunté si realmente era la primera vez que viajaban fuera del país.

    Su respuesta fue simple:

    —Sí. No es que antes no pudiéramos hacerlo, pero las prioridades eran otras.

    Yo estaba enamorado de la paz y del amor con los que hablaba María.

    Ella me decía que le daba muchísima ilusión subir a ese barco grande y disfrutar junto a su esposo de esa tranquilidad.

    Que atesoraba profundamente ese momento porque, una vez más, una primera vez era con Miguel.

    Imagínense cómo estaba yo escuchando todo eso.

    María y Miguel ese día me dieron una de las mayores lecciones de mi vida:

    1. Todos los días son una primera vez.
    2. No hay que normalizar el amor ni la admiración por tu pareja.
    3. El sacrificio por el otro es un verdadero acto de amor.
    4. Dios todos los días nos hace de nuevo.
    5. Todo llega. Y eso que un día no tuvimos, podremos tenerlo y construirlo con nuestras propias manos.

    Cuando llegamos a Colonia del Sacramento me tocó despedirme de ellos.

    María me dio uno de esos abrazos de mamá que sientes que te llenan el alma y te recargan por completo.

    Yo llevaba varios días cuestionándome muchas cosas y ellos me hicieron bajar a tierra, reconectar conmigo y con mi verdad.

    Les pedí permiso para compartir su historia y quizás conectar con alguien más desde el amor.

    Me dio mucha vergüenza pedirles una fotografía.

    Pero como la vida es muy rara, espero que esta historia llegue hasta ellos.

    Gracias, María y Miguel, por su historia y, sobre todo, por enseñarme que el amor todo lo puede.

    Nos leemos pronto.

    Un abrazo.

    Mikel 🙂

    Acá la única foto capturada de María y Miguel🥹

  • Hoy cumplo 33 años y quiero compartir con ustedes una lista de verdades que he reconocido a esta edad.
    En el fondo les tengo que ser sincero: hay más verdades, pero estas 33 son las que más resuenan con esta nueva etapa.


    Las verdades que leas hoy en esta lista seguramente para vos son una obviedad, pero para mí son verdad.


    Un dato random: mientras escribía esta lista, en mis auriculares sonaba reguetón old school. Todos creen que cuando escribo mis cartas escucho música clásica… pero no, a veces toca perreo y también nacen cosas lindas.


    Ahora sí: busca un té, un café, y leé con intención y amor esto que hoy les comparto. Te puedo llegar a decir que estas listas de verdades pueden ser mis no negociables.
    Como te lo dije antes, léelas con amor e intención:

    1. Ser feliz es una decisión; hay tanto por lo cual sonreír, hay tanto para agradecer.
    2. Tu contexto te define. Imagínate estar en un lugar donde todos se conforman con lo que son, donde la gente no tiene aspiraciones, no se cuida, no tiene proyectos. Salí de ese lugar, rodéate de gente creativa y que sueñe en grande siempre.
    3. Permítete descansar; hacer siempre algo no es ser productivo. El cuerpo y la mente necesitan del silencio y del descanso para poder recuperarse: no vas a rendir al 100% si no le das a tu cuerpo una pausa. Lo dice la ciencia: un músculo se regenera en el descanso, no en la sobreestimulación.
    4. Ten un proyecto creativo. Desarrollá esas ideas locas que están en tu cabeza, permitite ser creativo como un niño, permitite ese momento en que una simple caja de cartón se vuelve un castillo.
    5. Hacer actividad física te ayuda a drenar tus emociones y te permite conectar con vos (te encontrás en ese lugar).
    6. Ir a terapia es encontrarte con esa versión tuya que necesita ayuda.
    7. Nos criaron con creencias limitantes. Reconócelas: no podés seguir en ese barco con un ancla que no te pertenece.
    8. Si tus amigos no se alegran por tus logros, esos no son tus amigos. Sé selectivo con las personas que permitís que estén a tu alrededor; no todos te quieren ver bien.
    9. Hacé cosas que no te den recompensas económicas; no todo en este mundo es dinero. La mente, el cuerpo y el espíritu necesitan que hagas cosas por ellos.
    10. Todo el amor que das siempre regresa, quizás en otro amor o en otra persona.
    11. El árbol genealógico también se poda. Que sea tu familia no quiere decir que vos debas permitir que pasen tus límites y te vulneren.
    12. Permítete estar triste; eso también forma parte de la vida.
    13. No te abandones a vos por trabajar en tus proyectos. Vos sos tu proyecto más importante: trabajá en vos para que esos proyectos puedan ser y crecer.
    14. Defiende tus no negociables. Tu paz, tu tranquilidad y tus valores no se negociables con nadie. No te entregues a nadie perdiendo tu valor.
    15. Nadie da de lo que no tiene (y no estoy hablando de dinero — vos lo entendiste).
    16. Creé en algo. En mi caso yo creo en Dios y mi fe está puesta en Él. Vos podés creer en el universo, en las estrellas, en lo que quieras; lo importante acá es creer.
    17. No todo va a ser como nosotros queremos que sea. TENEMOS QUE CONVERTIRNOS EN PERSONAS FLEXIBLES; más adelante entenderemos el porqué de eso.
    18. No lleves tus problemas a tu trabajo. Tu vida personal y tu vida profesional se manejan por separado.
    19. No permitas que nadie tome decisiones por vos; sos la persona que guía tu vida.
    20. Todavía tenés mucho tiempo para ser lo que quieras ser en la vida. Dejá el apuro, que lo estás haciendo increíble.
    21. Viví tu amor a plenitud, sentí todo lo que quieras sentir. Permitite mostrar interés por el otro.
    22. El miedo va a ser tu mejor combustible para ir hacia donde quieras llegar. No dejes que el miedo te paralice, no dejes que el miedo te detenga de hacer las cosas que más anhelás en esta vida.
    23. SEAN UNOS INTENSOS CON TODO: con la vida, con el amor, con el trabajo. No estamos para perder nuestro tiempo (el tiempo es el único recurso intangible que no se recupera).
    24. No porque vos tengas buenas intenciones, el otro las tiene. La gente mala puede pasar por buena…
    25. Un amor seguro no te hace escribir textos intensos a las 3 a.m.; un amor seguro te deja dormir en paz.
    26. No te compares con nadie. Somos personas distintas y cada uno vive desde su realidad. Marico, lo estás haciendo increíble.
    27. No cuestiones tus procesos. Mientras vos vivís a plenitud y hacés que esos proyectos profesionales, creativos y personales sean maravillosos, otro te está admirando. Sin saberlo, somos luz para alguien más.
    28. Como te ves, te tratás. No seas tan duro con vos. Cuidá tu espíritu, tu cuerpo, cuidá tu esencia.
    29. Si abrieron la puerta, dejalos ir. Nadie que quiere quedarse abre la puerta (reconocé las señales).
    30. Lo importante de llegar a la meta no es la meta: es el proceso vivido. Disfrutá al máximo ese proceso, sea cual sea (la gente quiere ver eso, el proceso).
    31. Uno siempre hace lo que puede, en el momento justo, con lo que tiene en sus manos. Y sí, seguramente hoy eso que vos hiciste ayer lo pudiste haber hecho de una forma distinta, pero ya pasó. Por eso te digo lo del momento justo.
    32. Reconocete en todas tus versiones. No tenés que ser una sola cosa para encajar en un lugar. Permitite ser todo eso que sos: en mi caso, el Ingeniero, el estudiante de Arquitectura, el que ama escribir y pintar al mismo tiempo, el que va al gym y el que ahora es un intento de runner. Imaginate esa ecuación con una sola variable: la persona que solo hace una cosa. Muy aburrido.
    33. RECONOCETE EN TU SOLEDAD: es ahí donde te vas a conocer de verdad. Qué miedo con esa gente que no sabe estar sola y llena sus vacíos con cualquier cosa o con cualquier persona. Aprender a estar solo es ganar una gran batalla. Abrázate y amate en esos momentos.

    Gracias por llegar hasta acá.
    Espero haber conectado con algo, y espero que alguna de mis verdades se haga tuya.


    Te abrazo.
    Mikel 🙂

  • Hace un par de sábados me encontré con amigos en un bar en Palermo para despedir a alguien muy especial que vino desde Venezuela.

    Los que me conocen saben que amo las conversaciones profundas. Esas charlas donde las palabras no se quedan en la superficie, sino que rozan el alma.
    Soy amante de los espacios donde la gente se anima a abrir el corazón.

    Obviamente, quizás el lugar no era el más indicado para hablar de ciertos temas. Pero el alcohol, la nostalgia y la confianza tienen esa extraña capacidad de hacer que las personas se muestren tal como son.

    Brinden siempre por los amigos y los amores.

    Yo siempre digo que para conocer de verdad a alguien solo hace falta una taza de café, una copa de vino o un buen trago.
    Después de eso… todo lo demás es historia.

    En medio de esa conversación empezamos a hablar del amor, del corazón y de las relaciones.
    Y una persona —a quien llamaremos MJ, porque recién la conocía— dijo una frase que me dejó completamente inmóvil:

    “El amor de tu vida es la sumatoria de todos los amores de tu vida.”

    Ella es MJ. Ella es Majo🫰🏼

    Yo, que tengo esta debilidad absurda por las frases que me hacen sentir cosas, le dije inmediatamente:
    “Necesito que desarrolles eso, porque voy a tomar tus palabras y compartirlas en mi web.”

    Y es que escuchar esa frase me descolocó por completo.
    Sentí, literalmente, que el mundo se me paralizaba por unos segundos.

    Entonces ella empezó a explicarlo.

    Me dijo que el amor de tu vida es la suma de muchos amores distintos:

    Está el amor de la infancia, ese que despierta tus sentimientos y te enseña, por primera vez, lo que significa mirar a otro con ternura.
    (Y acá sentí que me estaban leyendo el corazón).

    Está el amor con el que descubrís el cuerpo, el deseo, la pasión, la lujuria y lo carnal.
    (Esa conversación la dejamos para otra carta).

    También está el amor que te rompe.
    El que abre heridas que ni siquiera sabías que existían.
    El que te obliga a crecer, a reconstruirte y a conocerte en tus partes más oscuras.

    Y, quizás, está el amor más difícil de todos: el amor maduro.
    Ese que construís después de equivocarte muchas veces.
    Después de entender qué querés recibir y qué no.
    Después de comprender que amar también implica procesos, cambios y etapas.

    Porque el amor maduro no siempre llega para quedarse para siempre; a veces llega para transformarte.

    Y ahí entendí algo.

    Que al final, la suma de todos esos amores termina construyéndote a vos.
    Porque en medio de cada historia te reconocés, te descubrís, te valorás y aprendés a amarte.

    Hasta que llega un momento en el que dejás de buscar desesperadamente que alguien te complete, porque entendés que ya sos una persona completa.

    Y quizás esa es la verdadera enseñanza de todos los amores que vivimos:
    que cada uno de ellos viene a enseñarnos a amarnos primero a nosotros mismos.
    La otra persona no viene a salvarte.
    Viene a complementarte.

    Creo que escuchar eso ese sábado fue algo majestuoso.

    Porque Dios, incluso en medio de mis desiertos más caóticos, siempre encuentra la forma de enviarme mensajes a través de las personas.

    Gracias, MJ, por convertir ese día en un verbo hecho palabras.
    Gracias por ayudarme a reconocerme y entender que hoy soy exactamente eso:

    La suma de todos esos amores.

    Nos leemos pronto.

    Mikel 🙂

    Ámense siempre🫀✨
  • Me estoy moviendo de lugar.
    Y es relativo, porque geográficamente sigo habitando los mismos espacios.

    Pero cuando digo que me estoy moviendo, hablo de algo más profundo.
    Hablo de los proyectos que hoy tengo, de las decisiones que estoy tomando, de esa sensación interna de estar yendo hacia otro lugar.

    (Es complejo… pero en esta carta te lo explico).

    Hoy puedo reconocer esto después de una charla con una amiga.

    Le decía que quiero que el mundo me conozca por lo que soy: un ser vulnerable, abierto al amor, dispuesto a mostrar lo que tiene.

    Y ella me dijo algo que me quedó resonando:

    “Eso que das no es un nicho. Lo que te define es tu autenticidad.”

    Esa noche me acosté pensando en una sola palabra:
    AUTENTICIDAD.

    Y al día siguiente me desperté con una decisión clara:

    Voy a vivir mi vida desde la autenticidad.

    Pero en el medio apareció una pregunta incómoda:

    ¿Quiero vivir desde la autenticidad… o desde el propósito?

    Antes de responderme, hice lo que haría cualquier ingeniero:
    fui a buscar definiciones.

    Autenticidad:
    Ser genuino, verdadero, coherente.
    Es cuando lo que sos por dentro coincide con lo que mostrás afuera.
    Viene del griego authentikós: ser autor de uno mismo.

    Propósito:
    Es la intención, el objetivo, el “para qué”.
    Viene del latín propositum: lo que se pone por delante.

    Y desde ahí, parto.

    Hoy elijo vivir desde la autenticidad.

    Porque siento que el propósito, aunque necesario, a veces nos limita.
    Nos define demasiado. Nos encierra en una estructura.

    (Y te lo dice alguien que ama las estructuras).

    Vivir desde el propósito es trazar un camino.
    Pero vivir desde la autenticidad es permitirte ser mientras lo caminás.

    Es soltar patrones.
    Es dejar de seguir sistemas que quizás nunca fueron tuyos.

    Y acá me quiero permitir cuestionar algo:

    Hoy parece que todos viven —y te enseñan— a vivir desde el propósito.
    Todos tienen un método, una ruta, una fórmula.

    “Comprá este curso.”
    “Descubrí tu sistema.”
    “Definí tu camino.”

    Y está bien… si eso les funcionó.

    Pero ese es su caso de éxito.

    A mí no me interesa saber cuánto facturaste.
    A mí me interesa saber cómo viviste.

    Cómo atravesaste tus procesos.
    Cómo sobreviviste a tu propia historia sin dejar de ser vos.

    Cómo resolviste tus quilombos.
    Cómo llegaste a tocar tu cielo.

    Y esto también lo hablo desde mi propia inmediatez.

    Yo llevo un año creando contenido.
    Sin constancia —lo admito—.

    Y al principio, todo en mí era copia.
    Me influenciaba de todos lados para tener ideas.

    Lo tengo que decir:

    Me sentía un impostor.

    Porque en el fondo no quería parecerme a nadie.
    Pero en ese intento de “crear”, estaba traicionando mi autenticidad.

    Y es que las redes… son como la vida misma:
    no a todos nos funciona lo mismo.

    Te vas a perder.
    Te vas a encontrar.
    Vas a dudar.
    Vas a creer que encontraste el norte… varias veces.

    Pero hay un momento —siempre llega—
    en el que algo dentro tuyo dice:

    “Sé auténtico.”

    Mostrale al mundo lo que sos.

    Ese sistema “raro” donde conviven:
    el ingeniero,
    el estudiante de arquitectura,
    el que va al gym,
    el que corre kilómetros (aunque todavía sea un intento de runner).

    Porque eso que para vos es cotidiano,
    para otro… es inspiración.

    Y entonces entendés algo:

    No tenés que construir algo extraordinario.
    Tenés que mostrar lo auténtico de tu mundo.

    Es momento de habitar.
    Y, sobre todo, de habitarte.

    Desde lo que sos.
    Sin comparación.
    Sin copia.
    Sin permiso.

    Y quedate con esto:

    El propósito es el “para qué”.
    La autenticidad es el “quién sos”.

    Y al final…
    todo lo que construyas va a depender de eso.

    Con amor,
    Mikel 🙂

    Vivir libres o nada.
  • El que quiere estar,
    lo demuestra, lo dice y lo manifiesta.

    Ya no tenemos 20 años
    para estar pidiendo atención
    ni dudando de lo evidente.

    Hoy sabemos que la energía es limitada,
    que el tiempo avanza
    y que la vida no espera.

    Por eso ahora es distinto:
    es todo o nada.

    Hoy es acompañar al otro en sus procesos
    mientras yo también transito los míos.

    Entonces, ¿para qué vacilar?
    ¿para qué perder el tiempo?

    Dejamos de vivir muchas cosas
    por miedo a sentir,
    por miedo a involucrarnos,
    por todo eso que nos dolió ayer.

    Pero hoy sostengo algo:
    todo se transforma.

    Esa tristeza que alguna vez dolió,
    en algún momento
    también será felicidad.

    Parto de un principio simple, casi universal:
    la energía no se crea ni se destruye,
    solo se transforma.

    Entonces partamos desde ahí:
    desde estar,
    desde vivir,
    desde sentir.

    Demostremos el amor,
    digamos lo que sentimos,
    entreguemos lo que somos.

    No dejes que la vida se te pase en la duda.

    Viví.
    Da lo que tenés.

    Porque al final…
    todo se transforma.

    Romanticen la vida, no la normalicen.
  • Qué feliz y agradecido estoy por este nuevo día.

    Ayer corrí mis primeros 10 kilómetros.
    Y fue profundamente conmovedor para mí alcanzar esa meta.

    Siempre me fue mal en el deporte…
    por eso ver esa medalla colgada en mi cuello
    se sintió distinto.
    Se sintió enorme.

    Y pensar que en apenas un mes y medio me preparé para esto.

    Para muchos puede ser poco.
    Para mí, fue un montón.

    Porque soy eso:
    intenso con lo que me importa.

    Mientras otros esperan que la vida pase,
    yo intento vivirla.
    A mi manera.
    Desde mi soledad…
    y desde mi encuentro.

    Como dice Jorge Drexler:
    “todo se transforma”.

    Y hoy parto desde esa premisa para decir algo que me atraviesa:

    yo transformé mi dolor en victoria.
    Transformé mis miserias en energía,
    y esa energía en combustible.

    El combustible que me trajo hasta acá.

    Mientras corría esos 10 km,
    mi cabeza era un torbellino.

    Volví a cada momento en el que me sentí menos.
    A cada duda.
    A cada herida.

    Y en medio de todo eso, me repetía:

    Mikel, vos podés.
    La vida y Dios ya te lo demostraron.
    Vos podés.

    Una y otra vez.

    Hasta que dejó de ser una frase…
    y se volvió verdad.

    También pensé en mi familia.

    En mis papás, en mis hermanos, en mis sobrinos.

    Y por un momento imaginé otra realidad:
    una en la que al cruzar la meta
    ellos estuvieran ahí, esperándome.

    Ese pensamiento me atravesó…
    pero no me rompió.

    Porque entendí algo:

    aunque no estén físicamente,
    están en todo lo que soy.

    Esos 10 km no fueron solo una carrera.

    Fueron una síntesis.

    Los llevé a cada momento importante de mi vida.
    A cada caída.
    A cada reconstrucción.

    Porque si algo entendí —y acá me pongo un poco ingeniero—
    es que nada se pierde, todo se transforma.

    Lo que somos no desaparece…
    solo cambia de forma.

    Y yo hoy soy la prueba de eso.

    No escribo desde la tristeza.
    Escribo desde la victoria.

    De esas victorias silenciosas
    que para muchos no significan nada,
    pero para uno lo son todo.

    Porque cuando tocás fondo,
    no te queda otra que levantarte con lo que haya.

    Yo junté los ladrillos de lo que fui
    y empecé a reconstruirme.

    En medio de todo esto, un amigo me escribió:

    “Estoy orgulloso de vos.
    Anoche veía tus historias y pensaba: qué fortaleza la de sobreponerse a todo.
    Capaz no lo sabés… pero inspirás.”

    Y eso me conmovió.

    Porque yo no comparto mi vida para inspirar.
    La comparto para ser honesto.
    Para mostrar el proceso.

    Mi proceso.

    Sin filtros.
    Sin perfección.
    Desde mi verdad.

    Hoy puedo decir algo con claridad:

    Los límites que creía tener
    vivían solo en mi cabeza.

    La vida sigue.
    Todo alrededor sigue en movimiento.

    Pero yo elegí vivir distinto.

    Elegí vivir desde el amor.
    Porque no quiero una vida en automático.

    Lo que hoy me atraviesa
    es la gratitud.

    La certeza de que estoy.
    Y de que, incluso en mis momentos más solos,
    no estoy solo.

    Creo profundamente que Dios me sostiene,
    que su amor me alcanza,
    y que, en mi imperfección,
    también estoy llamado a compartirlo.

    Mientras escribo estas líneas,
    lloro.

    Lloro a mares.

    Porque hoy recuerdo todo lo que me trajo hasta acá.
    Recuerdo los sueños “locos” que tenía de niño…
    y me doy cuenta de que muchos de ellos, hoy, son realidad.

    Y entonces entiendo algo:

    uno crece para cumplir los sueños de su niño.

    Perdón si estas líneas son muchas.
    O si suenan romantizadas.

    Pero esto soy:
    un romántico de la vida
    y de las vivencias.

    Antes de cerrar esta carta,
    quiero decirte algo —de corazón a corazón—:

    Nunca dudes de tu potencial.
    Nunca dudes de lo que sos.
    Nunca dudes de lo que podés lograr.

    Pase lo que pase,
    no dejes de creer en vos.

    No dejes de creer en el amor.
    Y, sobre todo,
    no dejes de apostar a la verdad.

    Porque al final…

    todo pasa,
    todo cambia,
    y todo llega.

    Con amor,
    Mikel 🙂

    Mi primera carrera, la primera dela año. La primera de muchas – Fila RACE 2026.

  • Hoy me hice una pregunta que no pude soltar en todo el día: ¿somos nuestras luces… o nuestras sombras?

    Y mientras más la pensaba, más me daba cuenta de algo incómodo:
    quizás no somos una cosa o la otra.

    Quizás somos ambas.
    Y el verdadero trabajo está en reconocerlas.

    Nos encanta hablar de lo que somos cuando estamos bien.
    De nuestras virtudes, de lo que logramos, de lo que mostramos.

    Pero hay una parte nuestra que evitamos mirar.
    La que incomoda.
    La que duele.
    La que no sabemos cómo explicar.

    Esa también somos nosotros.

    Desde la psicología, Carl Gustav Jung hablaba de la “sombra” como todo aquello que negamos o reprimimos de nosotros mismos.
    No porque no exista…
    sino porque no queremos integrarlo.

    Y ahí empieza el conflicto.

    Porque lo que no reconocemos,
    nos gobierna igual.

    Yo soy una persona que piensa mucho.
    Vivo en una introspección constante.

    Antes de que alguien me diga algo,
    yo ya lo estoy procesando internamente.

    Estoy todo el tiempo viendo qué de mí está en la luz
    y qué de mí todavía habita en la sombra.

    Hace poco alguien me dijo algo que me dejó pensando:
    “tu desapego emocional es tu mayor sombra”.

    Y no fue fácil escucharlo.

    Porque no vino como pregunta,
    vino como afirmación.

    Podría haberme defendido.
    Podría haber rechazado esa idea.

    Pero elegí hacer algo distinto:
    quedarme con la incomodidad.

    Porque cuando me hablan de mi “desapego emocional”,
    yo pienso en dos cosas:

    En lo que significa terminar una relación de ocho años.
    Y en lo que implica crecer lejos de tus padres.

    Ambas cosas te enseñan a soltar.
    A veces de formas que no elegiste.

    Entonces me pregunto:
    ¿eso es una sombra… o es una forma de aprender a sobrevivir?

    Porque si alguien decide irse,
    si alguien abre la puerta…
    yo no voy a retenerlo.

    No porque no me importe.
    Sino porque ya aprendí lo que pasa cuando uno se queda
    donde deja de ser uno mismo.

    Hoy no estoy negando esa parte de mí.
    La estoy entendiendo.

    Estoy viendo cómo transformarla,
    cómo redireccionarla.

    Porque una sombra reconocida
    también puede ser una forma de luz.

    Y en medio de todo esto, aparece un concepto
    que siento que está en todos lados últimamente:
    el propósito.

    Todo el mundo habla de vivir con propósito.
    De encontrarlo.
    De seguirlo.

    Pero yo me hago otra pregunta:

    ¿qué pasa si antes de encontrar el propósito
    tenemos que hacernos cargo de nuestra realidad?

    De lo que somos.
    De lo que nos duele.
    De lo que todavía estamos aprendiendo.

    Porque quizás el verdadero propósito
    no es algo que se encuentra afuera…

    sino algo que se construye
    cuando dejamos de escapar de nosotros mismos.

    Entonces hoy me quedo con esto:

    No sé si somos nuestras luces
    o nuestras sombras.

    Pero sí sé que ignorar cualquiera de las dos
    nos aleja de nosotros.

    Y quizás ahí está el punto.

    No en elegir una…
    sino en aprender a convivir con ambas.

    Ahora me queda una duda abierta,
    de esas que no se responden en una sola carta:

    ¿vivimos nuestra realidad…
    o vivimos nuestro propósito?

    Eso… te lo escribo en la próxima.

    Mikel 🙂

  • Hay momentos en la vida que se sienten irreales.

    No porque sean extraordinarios para el mundo,

    sino porque alguna vez fueron imposibles para nosotros.

    Hoy estoy sentado en un café cerca del aeropuerto.

    Desde el vidrio puedo ver mi auto estacionado.

    Y si levanto un poco la mirada,

    veo los aviones atravesar el cielo.

    Es una escena simple.

    Casi cotidiana.

    Pero para mí tiene algo profundamente surreal.

    Porque hubo un tiempo en el que todo esto parecía demasiado lejos.

    Demasiado difícil.

    Demasiado improbable.

    Hubo un tiempo en el que este momento

    ni siquiera existía en mi imaginación.

    Y, sin embargo, aquí estoy.

    A veces la vida avanza tan rápido que olvidamos detenernos

    a mirar lo que ya construimos.

    A reconocer el terreno que nuestros propios pasos

    han ido conquistando.

    Nada de esto llegó por casualidad.

    Llegó con trabajo.

    Con entrega.

    Con sacrificios silenciosos.

    Con decisiones que muchas veces dolieron.

    Pero también llegó con algo más profundo:

    con la capacidad de imaginarme aquí antes de estar aquí.

    Porque hay algo poderoso en visualizar la vida que queremos habitar.

    En atrevernos a ocupar, primero en nuestra mente,

    los lugares que el corazón nos dice que existen para nosotros.

    Hoy miro ese auto.

    Miro los aviones que pasan.

    Y siento una gratitud inmensa.

    No por lo material en sí mismo,

    sino por lo que representan.

    Representan camino.

    Representan fe.

    Representan posibilidades.

    Hay algo que he aprendido en los últimos años:

    la vida se vuelve más hermosa cuando dejamos de vivirla en automático

    y empezamos a romantizar cada momento.

    Un café cualquiera.

    Un cielo lleno de aviones.

    Un vidrio que refleja lo que ya somos.

    Ahí también está la vida.

    Ahí también está el milagro.

    Y cada vez estoy más convencido

    de que Dios habita justamente ahí:

    en los detalles.

    En esos instantes pequeños

    que parecen insignificantes para el mundo,

    pero que para nosotros

    lo significan todo.

    Hoy este momento es uno de esos.

    Y por eso me detengo.

    Respiro.

    Miro el cielo.

    Y agradezco.

    Mikel 🙂

  • (o el que me habitó)

    Siempre me dio miedo encontrarme con mi yo interno.

    Ese que gritaba cuando todo estaba en silencio.
    Ese que me hablaba con una voz dura, áspera, que nunca traía argumentos…
    solo reproches.

    Era un monstruo.

    Un monstruo que me tiraba al piso una y otra vez
    y que siempre encontraba la forma de hacerme sentir menos.

    Ese monstruo me invalidó durante años.

    Me hizo dudar de todo lo que yo era capaz de hacer.
    Me hizo sentir más pequeño que los demás,
    aunque muchos vieran en mí algo distinto, algo que yo mismo no lograba ver.

    Todos hablaban de potencial.
    Yo, en cambio, me escondía en mis miserias.

    No me quedé del todo en ese lugar, es verdad.
    Pero siempre volvía.

    Como quien regresa a una habitación oscura
    para comprobar si la sombra sigue ahí.

    Y en este punto tengo que ser honesto conmigo
    y con vos que estás leyendo estas líneas.

    Tengo que hablar del monstruo que habita en mí.

    Creo que ese monstruo nació en un clóset.

    En el clóset donde escondí mi verdadero ser.
    Donde aprendí a ocultar quién era para poder sobrevivir.

    Ahí nació también otra versión de mí:
    un alter ego triste, apagado,
    con una rabia silenciosa acumulándose contra el mundo.

    Ese gran monstruo fue creciendo con el tiempo.

    Se alimentó de silencios.
    De miedos.
    De heridas que nunca supe nombrar.

    Creció tanto
    que terminó llevándose todo consigo.

    Y cuando se fue…
    me dejó vacío.

    Era como caminar por la vida siendo apenas una sombra,
    un alma en pena atravesando los días.

    Cuando digo que se llevó todo, es porque realmente se llevó todo.

    Se llevó mi familia…
    o al menos eso me hizo creer.

    Separó lo que yo más amaba
    y me convenció de que la culpa era mía.

    El mundo empezó a verse distinto.

    Todo tenía el tono gris de una película vieja,
    como si la vida hubiera perdido el color.

    Y lo más difícil de entender hoy
    es cómo un chico de doce años pudo cargar con todo eso.

    Doce años.

    Y nadie parecía darse cuenta.

    Tal vez estaba demasiado metido en el personaje.
    O tal vez normalicé tanto ese dolor
    que el mundo simplemente me veía así.

    Lo más duro de todo
    es que ese chico era consciente.

    Sabía que algo no estaba bien.
    Sentía la ausencia de identidad,
    sentía el peso del silencio.

    Pero no sabía cómo lidiar con eso.

    No escribo estas palabras desde el lugar de la víctima.

    Las escribo desde el corazón sincero
    de ese niño que estaba siendo abrazado por un monstruo.

    Un monstruo que yo mismo alimenté durante años.

    No lo hice por maldad.
    Lo hice desde el desconocimiento.

    Ese monstruo mutó conmigo.

    Creció conmigo.
    Aprendió a habitar cada rincón de mi vida
    hasta ocuparlo todo.

    Se mezcló con personas, con historias, con mentiras.

    Se escondió detrás de decisiones que hoy entiendo de otra manera.

    Salir de esa prisión no fue fácil.

    Pero puedo decir algo con claridad:

    salí de ahí a mis treinta y un años.

    El año en que tomé decisiones.
    El año en que enfrenté mi verdad.
    El año en que me atreví a mirar de frente lo que soy.

    También entendí algo más.

    Ese monstruo no estaba solo.
    Se había refugiado en otros monstruos.

    Y yo ni siquiera era consciente.

    Normalicé muchas cosas.

    Incluso los actos de Dios en mi vida.

    Los llamaba suerte.
    Casualidad.

    A veces incluso los llamaba amor.

    Pero era un amor extraño,
    porque en el fondo yo no reconocía a Dios.

    Hoy sé algo distinto.

    Ese monstruo todavía existe.

    Pero ya no camina libre.

    Hoy está en una jaula.

    Y quizás también está escondido entre estas palabras.

    Les soy sincero:

    no sé si ese monstruo debería morir.

    Tal vez no.

    Tal vez debería quedarse ahí,
    en silencio,
    como un recordatorio.

    Un recordatorio al que pueda volver de vez en cuando
    para mirarlo a los ojos
    y recordar lo que nunca quiero volver a ser.

    Ese monstruo perdió su poder.

    No lo vencí con violencia.

    Lo desarmé con amor.

    Y hoy reconozco ese amor.

    Un amor que viene de Dios.
    Un amor que me devuelve la integridad.
    Un amor que me recuerda que soy digno de existir.

    Quizás todo esto tenía que suceder.

    Porque los tiempos de Dios —
    del Gran Creador—
    son perfectos.

    Así que quédense tranquilos.

    Ese monstruo vive ahora en un rincón de sombra.

    Y yo hoy vivo en la luz.

    Vivo.
    Soy feliz.

    Y camino con una fuerza
    que ya sé de dónde viene.

    De Dios.

    Mikel 🙂


  • El presente no llegó solo.
    No apareció de golpe,
    ni fue un accidente
    (me lo digo en introspección).

    Tenía 23 años.
    Y aunque el mundo me veía seguro
    (eso creería yo),
    por dentro estaba lleno de preguntas.
    Dudas suaves.
    Miedos callados.
    Y una certeza extraña:
    algo mejor estaba por venir.

    Fue sembrado
    por una versión mía
    que caminaba —vivía— con miedo
    y, aun así, avanzaba.

    Ese año aprendí a sostenerme.
    A habitar procesos.
    A entender que crecer
    no siempre se siente bien
    mientras sucede.
    Sigo aprendiendo:
    todos los días es un habitar distinto.

    Entre pasantías, horarios largos
    y decisiones que pesaban,
    la Ingeniería dejó de ser solo estudio
    y empezó a ser carácter.

    También fue el año de los vínculos.
    Amistades que se volvieron refugio.
    De esas que no necesitan presencia constante
    para seguir siendo hogar.
    Hoy hablamos poco,
    pero cuando hace falta,
    ahí estamos.
    Siempre.

    Ese año empezó a cerrarse
    una de las etapas más puras de mi vida:
    la de estudiante universitario.
    Cerrar duele,
    incluso cuando sabés
    que es tiempo de avanzar.

    Y fue un año de amor.
    De un amor largo, profundo, compartido.
    Un amor que enseñó a caminar acompañado,
    a entregarse sin garantías,
    a crecer sin saber cómo terminaría.

    No todo fue claro.
    No todo fue fácil.
    Pero todo fue necesario.

    Hoy no miro atrás con nostalgia.
    Miro con gratitud.

    Porque esa versión mía —
    la que dudaba, la que temblaba, la que confiaba—
    fue la que preparó este presente.
    La que sembró sin ver la cosecha.
    La que siguió
    cuando todavía no había señales.

    Diez años después,
    entiendo algo simple y profundo:

    Mirar atrás no es volver.
    Es reconocerse.
    Es honrar el camino.
    Es agradecerle a quien fui
    por haber creído
    cuando todavía no sabía.

    Esa versión me preparó.
    Y hoy la abrazo desde la verdad,
    mostrándola al mundo,
    no desde el silencio.

    Porque ya no es tiempo de esconder
    ni de callar.
    Es tiempo de vivir y de mostrar.

    Y como dijo Amalia Andrade (al final de la carta les dejo el post).
    en uno de sus últimos posteos:
    “Quiero ver todo lo que hacen”.

    Esto también viene desde ese lugar.

    Un abrazo,
    nos leemos.

    Mikel 🙂