Hace un par de semanas viajaba a Uruguay para hacer un trámite personal.
Puedo decir que era un viaje de emergencia sin emergencia.
El buque salía a las 8:30 hs y yo llegué a las 7:50 hs. Como siempre, a las corridas. Por suerte, pasar por Migraciones fue rápido y, en medio del retraso, ya no estaba tan retrasado, al punto de que me dio tiempo de comprar un café antes de abordar.
En la fila para comprar el café conocí a María y a Miguel, una pareja de abuelitos de aproximadamente 70 años.
Los sentí nerviosos. A Miguel no le funcionaba la aplicación de Mercado Pago y yo les hice el favor de pagar el café. El trato era que, cuando pudiera iniciar sesión, me devolvería el dinero.
Muy agradecidos por el gesto, empezaron a hablar conmigo y, en medio de esa charla, surgió el tema de que era la primera vez que salían del país. Viajaban a Colonia para pasar un Full Day y después irían a Montevideo a pasar un par de días más.
María hablaba del miedo que le daba subir al buque y Miguel seguía preocupado porque no les funcionaba la aplicación de Mercado Pago.
María hablaba de la ilusión que le generaba este viaje porque siempre habían trabajado mucho para sacar adelante a su familia y nunca habían tenido la oportunidad de regalarse un momento para ellos.
Mientras tanto, Miguel seguía preocupado, intentando iniciar sesión en la aplicación.
María me contó su vida.
Me dijo que era de Bolivia y que se vino muy chica con sus padres. Su mamá trabajaba como empleada doméstica y su papá en una empresa de construcción. Ella se encargaba de cuidar a sus hermanos.
Me dijo que su infancia fue muy rara, pero que al mismo tiempo estuvo llena de amor.
Que sus padres siempre le enseñaron el valor del trabajo y también el valor del amor.
A los 16 años conoció a Miguel en una fiesta de la colectividad boliviana y, desde ese momento, empezó a escribir su historia de amor con él.
Se casaron a los 18 años y fue entonces cuando comenzaron a construir la vida que soñaban.
Tengo que hacer un paréntesis acá.
María hablaba del amor que sentía por Miguel como si llevaran apenas dos meses de novios.
Yo la escuchaba con admiración y, al mismo tiempo, me preguntaba si ese amor todavía existe.
Ese amor lindo.
Ese amor de entrega verdadera.
Ese amor de compañeros.
María me decía que con Miguel vivieron de todo.
Tienen cinco hijos y catorce nietos.
Me contaba que atravesaron momentos económicamente difíciles, pero que ella estaba feliz por todo lo que hicieron y siguen haciendo por sus hijos.
Acá la conversación escaló para mí, porque Miguel dijo:
«MIS HIJOS SON EL FRUTO DE ESTE AMOR PURO Y VERDADERO.»
María se dio cuenta de que se me habían llenado los ojos de lágrimas y me preguntó si estaba todo bien.
Yo le conté que vengo de padres separados y que lo que había dicho Miguel me había conmovido un montón.
María, en medio de todo su amor, me dijo que Dios me daría la dicha de construir mi familia en el núcleo del amor.
Que Dios me iba a recompensar.
Para cambiar de tema antes de ponerme a llorar, le pregunté si realmente era la primera vez que viajaban fuera del país.
Su respuesta fue simple:
—Sí. No es que antes no pudiéramos hacerlo, pero las prioridades eran otras.
Yo estaba enamorado de la paz y del amor con los que hablaba María.
Ella me decía que le daba muchísima ilusión subir a ese barco grande y disfrutar junto a su esposo de esa tranquilidad.
Que atesoraba profundamente ese momento porque, una vez más, una primera vez era con Miguel.
Imagínense cómo estaba yo escuchando todo eso.
María y Miguel ese día me dieron una de las mayores lecciones de mi vida:
- Todos los días son una primera vez.
- No hay que normalizar el amor ni la admiración por tu pareja.
- El sacrificio por el otro es un verdadero acto de amor.
- Dios todos los días nos hace de nuevo.
- Todo llega. Y eso que un día no tuvimos, podremos tenerlo y construirlo con nuestras propias manos.
Cuando llegamos a Colonia del Sacramento me tocó despedirme de ellos.
María me dio uno de esos abrazos de mamá que sientes que te llenan el alma y te recargan por completo.
Yo llevaba varios días cuestionándome muchas cosas y ellos me hicieron bajar a tierra, reconectar conmigo y con mi verdad.
Les pedí permiso para compartir su historia y quizás conectar con alguien más desde el amor.
Me dio mucha vergüenza pedirles una fotografía.
Pero como la vida es muy rara, espero que esta historia llegue hasta ellos.
Gracias, María y Miguel, por su historia y, sobre todo, por enseñarme que el amor todo lo puede.
Nos leemos pronto.
Un abrazo.
Mikel 🙂











