
Hay momentos en la vida que se sienten irreales.
No porque sean extraordinarios para el mundo,
sino porque alguna vez fueron imposibles para nosotros.
Hoy estoy sentado en un café cerca del aeropuerto.
Desde el vidrio puedo ver mi auto estacionado.
Y si levanto un poco la mirada,
veo los aviones atravesar el cielo.
Es una escena simple.
Casi cotidiana.
Pero para mí tiene algo profundamente surreal.
Porque hubo un tiempo en el que todo esto parecía demasiado lejos.
Demasiado difícil.
Demasiado improbable.
Hubo un tiempo en el que este momento
ni siquiera existía en mi imaginación.
Y, sin embargo, aquí estoy.
A veces la vida avanza tan rápido que olvidamos detenernos
a mirar lo que ya construimos.
A reconocer el terreno que nuestros propios pasos
han ido conquistando.
Nada de esto llegó por casualidad.
Llegó con trabajo.
Con entrega.
Con sacrificios silenciosos.
Con decisiones que muchas veces dolieron.
Pero también llegó con algo más profundo:
con la capacidad de imaginarme aquí antes de estar aquí.
Porque hay algo poderoso en visualizar la vida que queremos habitar.
En atrevernos a ocupar, primero en nuestra mente,
los lugares que el corazón nos dice que existen para nosotros.
Hoy miro ese auto.
Miro los aviones que pasan.
Y siento una gratitud inmensa.
No por lo material en sí mismo,
sino por lo que representan.
Representan camino.
Representan fe.
Representan posibilidades.
Hay algo que he aprendido en los últimos años:
la vida se vuelve más hermosa cuando dejamos de vivirla en automático
y empezamos a romantizar cada momento.
Un café cualquiera.
Un cielo lleno de aviones.
Un vidrio que refleja lo que ya somos.
Ahí también está la vida.
Ahí también está el milagro.
Y cada vez estoy más convencido
de que Dios habita justamente ahí:
en los detalles.
En esos instantes pequeños
que parecen insignificantes para el mundo,
pero que para nosotros
lo significan todo.
Hoy este momento es uno de esos.
Y por eso me detengo.
Respiro.
Miro el cielo.
Y agradezco.
Mikel 🙂
Deja un comentario