Hace un par de sábados me encontré con amigos en un bar en Palermo para despedir a alguien muy especial que vino desde Venezuela.
Los que me conocen saben que amo las conversaciones profundas. Esas charlas donde las palabras no se quedan en la superficie, sino que rozan el alma.
Soy amante de los espacios donde la gente se anima a abrir el corazón.
Obviamente, quizás el lugar no era el más indicado para hablar de ciertos temas. Pero el alcohol, la nostalgia y la confianza tienen esa extraña capacidad de hacer que las personas se muestren tal como son.

Yo siempre digo que para conocer de verdad a alguien solo hace falta una taza de café, una copa de vino o un buen trago.
Después de eso… todo lo demás es historia.
En medio de esa conversación empezamos a hablar del amor, del corazón y de las relaciones.
Y una persona —a quien llamaremos MJ, porque recién la conocía— dijo una frase que me dejó completamente inmóvil:
“El amor de tu vida es la sumatoria de todos los amores de tu vida.”

Yo, que tengo esta debilidad absurda por las frases que me hacen sentir cosas, le dije inmediatamente:
“Necesito que desarrolles eso, porque voy a tomar tus palabras y compartirlas en mi web.”
Y es que escuchar esa frase me descolocó por completo.
Sentí, literalmente, que el mundo se me paralizaba por unos segundos.
Entonces ella empezó a explicarlo.
Me dijo que el amor de tu vida es la suma de muchos amores distintos:
Está el amor de la infancia, ese que despierta tus sentimientos y te enseña, por primera vez, lo que significa mirar a otro con ternura.
(Y acá sentí que me estaban leyendo el corazón).
Está el amor con el que descubrís el cuerpo, el deseo, la pasión, la lujuria y lo carnal.
(Esa conversación la dejamos para otra carta).
También está el amor que te rompe.
El que abre heridas que ni siquiera sabías que existían.
El que te obliga a crecer, a reconstruirte y a conocerte en tus partes más oscuras.
Y, quizás, está el amor más difícil de todos: el amor maduro.
Ese que construís después de equivocarte muchas veces.
Después de entender qué querés recibir y qué no.
Después de comprender que amar también implica procesos, cambios y etapas.
Porque el amor maduro no siempre llega para quedarse para siempre; a veces llega para transformarte.
Y ahí entendí algo.
Que al final, la suma de todos esos amores termina construyéndote a vos.
Porque en medio de cada historia te reconocés, te descubrís, te valorás y aprendés a amarte.
Hasta que llega un momento en el que dejás de buscar desesperadamente que alguien te complete, porque entendés que ya sos una persona completa.
Y quizás esa es la verdadera enseñanza de todos los amores que vivimos:
que cada uno de ellos viene a enseñarnos a amarnos primero a nosotros mismos.
La otra persona no viene a salvarte.
Viene a complementarte.
Creo que escuchar eso ese sábado fue algo majestuoso.
Porque Dios, incluso en medio de mis desiertos más caóticos, siempre encuentra la forma de enviarme mensajes a través de las personas.
Gracias, MJ, por convertir ese día en un verbo hecho palabras.
Gracias por ayudarme a reconocerme y entender que hoy soy exactamente eso:
La suma de todos esos amores.
Nos leemos pronto.
Mikel 🙂

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