(o el que me habitó)

Siempre me dio miedo encontrarme con mi yo interno.

Ese que gritaba cuando todo estaba en silencio.
Ese que me hablaba con una voz dura, áspera, que nunca traía argumentos…
solo reproches.

Era un monstruo.

Un monstruo que me tiraba al piso una y otra vez
y que siempre encontraba la forma de hacerme sentir menos.

Ese monstruo me invalidó durante años.

Me hizo dudar de todo lo que yo era capaz de hacer.
Me hizo sentir más pequeño que los demás,
aunque muchos vieran en mí algo distinto, algo que yo mismo no lograba ver.

Todos hablaban de potencial.
Yo, en cambio, me escondía en mis miserias.

No me quedé del todo en ese lugar, es verdad.
Pero siempre volvía.

Como quien regresa a una habitación oscura
para comprobar si la sombra sigue ahí.

Y en este punto tengo que ser honesto conmigo
y con vos que estás leyendo estas líneas.

Tengo que hablar del monstruo que habita en mí.

Creo que ese monstruo nació en un clóset.

En el clóset donde escondí mi verdadero ser.
Donde aprendí a ocultar quién era para poder sobrevivir.

Ahí nació también otra versión de mí:
un alter ego triste, apagado,
con una rabia silenciosa acumulándose contra el mundo.

Ese gran monstruo fue creciendo con el tiempo.

Se alimentó de silencios.
De miedos.
De heridas que nunca supe nombrar.

Creció tanto
que terminó llevándose todo consigo.

Y cuando se fue…
me dejó vacío.

Era como caminar por la vida siendo apenas una sombra,
un alma en pena atravesando los días.

Cuando digo que se llevó todo, es porque realmente se llevó todo.

Se llevó mi familia…
o al menos eso me hizo creer.

Separó lo que yo más amaba
y me convenció de que la culpa era mía.

El mundo empezó a verse distinto.

Todo tenía el tono gris de una película vieja,
como si la vida hubiera perdido el color.

Y lo más difícil de entender hoy
es cómo un chico de doce años pudo cargar con todo eso.

Doce años.

Y nadie parecía darse cuenta.

Tal vez estaba demasiado metido en el personaje.
O tal vez normalicé tanto ese dolor
que el mundo simplemente me veía así.

Lo más duro de todo
es que ese chico era consciente.

Sabía que algo no estaba bien.
Sentía la ausencia de identidad,
sentía el peso del silencio.

Pero no sabía cómo lidiar con eso.

No escribo estas palabras desde el lugar de la víctima.

Las escribo desde el corazón sincero
de ese niño que estaba siendo abrazado por un monstruo.

Un monstruo que yo mismo alimenté durante años.

No lo hice por maldad.
Lo hice desde el desconocimiento.

Ese monstruo mutó conmigo.

Creció conmigo.
Aprendió a habitar cada rincón de mi vida
hasta ocuparlo todo.

Se mezcló con personas, con historias, con mentiras.

Se escondió detrás de decisiones que hoy entiendo de otra manera.

Salir de esa prisión no fue fácil.

Pero puedo decir algo con claridad:

salí de ahí a mis treinta y un años.

El año en que tomé decisiones.
El año en que enfrenté mi verdad.
El año en que me atreví a mirar de frente lo que soy.

También entendí algo más.

Ese monstruo no estaba solo.
Se había refugiado en otros monstruos.

Y yo ni siquiera era consciente.

Normalicé muchas cosas.

Incluso los actos de Dios en mi vida.

Los llamaba suerte.
Casualidad.

A veces incluso los llamaba amor.

Pero era un amor extraño,
porque en el fondo yo no reconocía a Dios.

Hoy sé algo distinto.

Ese monstruo todavía existe.

Pero ya no camina libre.

Hoy está en una jaula.

Y quizás también está escondido entre estas palabras.

Les soy sincero:

no sé si ese monstruo debería morir.

Tal vez no.

Tal vez debería quedarse ahí,
en silencio,
como un recordatorio.

Un recordatorio al que pueda volver de vez en cuando
para mirarlo a los ojos
y recordar lo que nunca quiero volver a ser.

Ese monstruo perdió su poder.

No lo vencí con violencia.

Lo desarmé con amor.

Y hoy reconozco ese amor.

Un amor que viene de Dios.
Un amor que me devuelve la integridad.
Un amor que me recuerda que soy digno de existir.

Quizás todo esto tenía que suceder.

Porque los tiempos de Dios —
del Gran Creador—
son perfectos.

Así que quédense tranquilos.

Ese monstruo vive ahora en un rincón de sombra.

Y yo hoy vivo en la luz.

Vivo.
Soy feliz.

Y camino con una fuerza
que ya sé de dónde viene.

De Dios.

Mikel 🙂

Posted in

8 responses to “El monstruo que habita en mí”

  1. Avatar de Elvis Meza
    Elvis Meza

    Mikel, Texto muy honesto y valiente.

    Se nota un proceso profundo de conciencia y de reconciliación con tu propia historia.
    Gracias por compartir algo tan humano

    1. Avatar de Mikel Arteaga

      Te abrazo!!!

  2. Avatar de sensationally221ca5bede
    sensationally221ca5bede

    Me siento identificada, esos monstruos que van robando tu identidad, no nacemos con ellos pero todo nuestro entorno nos obliga inconscientemente o no a crearlos. Un abrazo 🥰 amo leerte

    1. Avatar de Mikel Arteaga

      Que lindo saber que alguien mas se idéntico con esto tan personal. Te abrazo!!!

  3. Avatar de Migue Gimenez

    Potente, poderosamente hermoso todo lo que leí. Bendito mounstro que por alguna razón estuvo y que de tanta oscuridad en la que nos hizo vivir nos dio la valentía de huir de él y buscar la luz. Te abrazo fuerte

    1. Avatar de Mikel Arteaga

      Gracias por leerme 🙂

  4. Avatar de Jush
    Jush

    Que valiente eres, gracias por compartirnos algo tan maravilloso, no te imaginas todo lo que sentí cuando lo leí.

    1. Avatar de Mikel Arteaga

      Gracias amiga por leerme 🙂 Te abrazo!

Responder a Migue GimenezCancelar respuesta

Descubre más desde Mikel Arteaga

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo